lunes, 2 de marzo de 2009

El Mito: La Muerte del Héroe (I - Los Motivos)

La siguiente historia cuenta los motivos que orillaron a Mark David Chapman a asesinar a John Lennon. En ella se relata que la actividad política de éste en los setenta incomodó a un ala de la derecha radical en el poder de los Estados Unidos por lo cual se decidió tomar la vía de la acción radical: liquidar al alborotador. Sin embargo la reclusión voluntaria de Lennon hechó a perder los planes, hasta que en 1980 John Lennon regresó a la escena con nuevas ideas y con más impetu que nunca, el resto es historia. He aquí un fragmento de la misma, cuyas ideas son tan sugerentes como innovadoras, no es casual que el texto pertenezca a una editorial de la izquierda ochentera de los tiempos en que el mundo se dividía en dos bloques y ganar el visto bueno de la juventud era lo esencial.


…todos sabían que Mark era un admirador frenético de los Beatles, podía escuchar durante horas seguidos las grabaciones fonoeléctricas de sus canciones. En las paredes de su habitación estaban colocados los carteles con la efigie de los ídolos. Para imitarles dejó crecer el pelo y se vestía invariablemente a los Beatles. Decía a diestro y siniestro que John Lennon era "el más grande e incomparable”, que quería ser parecido a él hasta en lo más insignificante. Chapman compró una guitarra y empezó a actuar en un conjunto musical escolar, si bien tenía dotes mediocres; trató también de cantar “como Lennon” e incluso soñó ocultamente en casarse con una japonesa, “como John”. Que Lennon propugnaba la paz, la justicia social y racial, fue para Chapman un “pormenor” poco interesante. Lo que adoraba no eran las ideas progresivas sino a su ídolo.

Cuando el cuarteto se disgregó, en 1970, Chapman tenía quince años. Un año después, Mark se ausentó de Atlanta donde vivía y estudiaba. Al decir de algunos, fue a Los Ángeles. Hay razones para suponer que lo hizo porque uno de sus maestros escolares, confidente del FBI, había recibido, como miles de otros confidentes, la instrucción de encontrar entre los fan un par que otro de jóvenes desequilibrados para utilizar a esos admiradores de los Beatles en las provocaciones tramadas por los servicios especiales. Pero antes de todo se debía “adiestrarlos”, en los centros religiosos que los agentes de la CIA organizaban en todos los Estados Unidos, darles el “temple” necesario. De suerte que Chapman fue enviado secretamente a uno de dichos centros sito en California.

Regresó al cabo de varios meses. Había cambiado tanto que sus amigos no le reconocieron, era una persona completamente distinta. Andaba por la escuela proponiendo a todos que comprasen los discos de su colección de los Beatles. Era distinto también su aspecto exterior: cabello corto, camisa nívea, corbata negra austera en el cuello. Garry Limuti, amigo próximo de Mark, contó después a los periodistas: “Pensé que tal vez Chapman se hubiera desengañado de nuestros ídolos, y le pregunté sin rodeos de ello. Me respondió exactamente así. Aquellos que hemos adorado no existen ya. Pues ¿qué existe entonces? –indagué con sorpresa. Mark indicó la Biblia”.

***

Chapman terminó los estudios escolares en 1973 y, como no logró ingresar en un colegio, trabajó durante dos años de instructor en campamentos veraniegos pertenecientes a la Asociación, compartiendo con los neófitos la experiencia adquirida en Los Angeles. Cierto día, uno de los activistas, “sargento”, citó a a Mark para que viniera a su “sede”, que en realidad era una pequeña habitación amueblada más que modestamente: una mesa, dos sillas, un sofá muy parecido a las tarimas carcelarias; y como objeto de lujo, un televisor en colores. La conversación duró poco:

-Sabes, Chap, YMCA concede a sus miembros comprobados un trabajo bien pagado. Pero no en Estados Unidos, en otros países.

-¿En qué precisamente?

-En el Líbano… Por cierto que tienes tiempo para pensar: unos tres días, no más… Si te conviene, no des largas. Puede ser que no se te ofrezca otra ocasión. Además, una perspectiva magnífica: cuando regreses serás “sargento”. Como yo. –El “sargento” se sonrió falsamente-. Tendrás quinientos al mes. Y hasta mil en el futuro. Serás trasladado al centro, te comprarás un coche, un apartamento.

-¿Qué clase de trabajo es?

-Trabajo especial, chico. De responsabilidad. Te dará instrucciones el jefe de YMCA Clubs. Otras, más detalladas, recibirás allí, en nuestra embajada.

En junio de 1975, Mark se fue al Líbano en calidad de emisario. Pero regresó al cabo de dos semanas. En pos de él llegó un despacho. Chapman fue citado dos veces por el “sargento”. Después de una dura reprimenda Mark, según los testigos oculares, pareció decepcionado y como agobiado por algo. No había cumplido la misión encomendada y le esperaba un castigo. En lugar de ello, la dirigencia de la YMCA envió al emisario infortunado a Fort Chafee, estado de Arkansas, donde se encontraba entonces un campamento para los desplazados, antiguos soldados del régimen pelele de Saigón. Allí se familiarizó con la “táctica de combate a corta distancia”, o sea, con las técnicas que los instructores de la CIA y el Pentágono enseñaban a los saboteadores.

Fue precisamente en Fort Chafee donde, después de adquirir los hábitos necesarios para un asesino profesional, Chapman pasó al campo visual de los especialistas en “control de las ideas”, así se llamó en Langley a los médicos investigadores, cuyos quehaceres no tenían nada que ver con el tratamiento de enfermos. Utilizando la hipnosis, el ultrasonido, la lobotomía, los gases, la radiación, las temperaturas extremas, el alumbrado cambiante, los narcóticos, la privación de la percepción sensorial, el electrochoque y otros medios biológicos, psicológicos y quirúrgicos, trataron de conseguir que los “pacientes”, a pesar de su voluntad, “habiéndoles lavado los sesos”, estuvieran dispuestos a cumplir cualquier tarea, aunque fuera el asesino de “disidentes” indeseables al gobierno.

En el estado de Arkansas había no pocos centros –por ejemplo Pine Bluff, arsenal de las tropas terrestres- donde se guardaron sustancias narcóticas tipo B-3 (un preparad diez veces más fuerte que el LSD) y se efectuaron bárbaros experimentos. Servían de material para la “experimentación” los delincuentes incorregibles de entre los desplazados, semejantes a los que se hacinaban en las baracas de Fort Chafee. Pero los inmigrados bellacos, en su mayoría toxicómanos, estaban poco apropiados para el cumplimiento de tareas “delicadas”. En cambio, un joven ya amoldado por los protectores de la YMCA y, a mayor abundamiento, como se sabía, bastante desequilibrado, sujeto a depresiones y con una mentalidad quebrantada (no sin la participación de los eclesiásticos) concordaba enteramente con los objetivos de un complot que se estaba incubando en el departamento central de espionaje.

Atendido todo esto, se decidió aplicar a Chapman el método de "expulsión de estereotipos”, propuesto por el médico Evan Cameron para el tratamiento de la esquizofrenia. Sus trabajos en este plano estaban costeados por la CIA, que asignaba anualmente decenas de miles de dólares de los fondos secretos.

Para poner limpios los sesos de Mark, que nada sospechaba, los continuadores de Cameron en Fort Chafee empezaron por la “sueñoterapia”: por medio de la hipnosis y de algunos preparados fue adormecido para 15 días. Dos o tres veces al día hacían levantarse al “joven cristiano” semi estupefacto de su cama para someterlo a un electrochoque intenso. Generalmente, el enfermo recibe en este caso un solo impulso cuando pasa por su cabeza, durante unas cuantas partes del segundo, la corriente de 110 Voltios. Pero los monstruos vestidos con las batas blancas le aplicaron una electroimpulsoterapia 40 veces más intensa, y la tensión de la corriente llegaba a 150 Voltios.

Se obtuvieron los resultados siguientes. Al principio, al cabo de unos cinco días, Chapman perdió en gran parte la memoria, si bien se daba cuenta de dónde se encontraba. Pasados cinco días más, perdió la noción del espacio y del tiempo, aunque trataba de rememorar algo. Cuando se le preguntaba al “conejillo de indias” quién era y dónde se hallaba, no hacía más que mirara con inquietud a los lados. Al final del “tratamiento”, la inquietud desapareció; para el “paciente” sólo existía el presente: no recordaba el pasado ni pensaba en el futuro.

Por último, había que “programar” a Chapman para una “conducta nueva en principio”. Con este fin se recurrió a un “ataque psíquico”. Varios “programas sugestivos” grabados en cinta megnetofónica inculcaban a Mark que oía constantemente las voces que le mandaban matar a Lennon; que la personalidad de John era idéntica a la suya propia y debía por tanto “emanciparse”. Liquidar la personalidad del músico para liberar la suya, cometiendo a tal objeto un acto de suicidio “vuelto al revés”. Atendido el fanatismo religioso de Mark, se incluyó en el “programa de nueva conducta" un elemento más: Lennon es Satanás que ha descendido a la Tierra para llevar a la ruina al género humano, mientras que Chapman es un mesías llamado a salvar el mundo del espíritu infernal. Le hicieron oír la película con estas grabaciones, a través de los auriculares, día y noche durante más de una década; al final de cada “transmisión”, para reforzar su efecto se sometía a Chapman al choque con corriente eléctrica (por conducto de los electrodos conectados a sus piernas).

El ciclo de amoldamiento en su conjunto ocupó casi un mes, después de lo cual empezó a atiborrarle de diversos preparados estupefacientes capaces de anonadar la voluntad. Menudearon las pláticas de muchas horas destinadas a comprobar si el “paciente” había asimilado el material. Le dejaron ir sólo cuando había anunciado que “tenía la sensación de ser una computadora y, antes de hacer algo, apretaba uno de los botones, que eran tres: rojo, verde y amarillo”.


***

… No es costumbre, en Langley, echar a la calle a los “conejillos” adiestrados; se decidió dar temporalmente otro trabajo al asesino programado. Con la ayuda de los “hermanos de la doctrina cristiana” fue enviado a Atlanta, donde le colocaron en el puesto de guardián en un establecimiento de enseñanza superior. Como resultado de los enfrentamientos cotidianos pasa a ser un tirador bastante bueno: marca 88 puntos de los 100. “Simultáneamente” hace de polizonte, vigilando sobre la “lealtad” de los estudiantes. De noche, patrulla en compañía de policías por las calles de la ciudad con una Colt a la cadera.

Debió haber ocurrido algo durante una ronda, porque a comienzos de 1977 fue mandado urgentemente a las lejanas islas de Hawaii. Mark se establece en Honolulu y, con el concurso del representante de la YMCA en la misma ciudad, se contrata como guardián en una pequeña galería pictórica; simultanea este cargo con el de confidente secreto de la policía. Lleva una vida acompasada, sin accidentes particulares. Conviene mencionar, entre las “minucias”, que en su ficha policíaca de guardián del orden público grabó las palabras John Lennon; se dejaban sentir, pues, las secuelas de la “expulsión de estereotipos”.

Todo este tiempo, los “programistas” no perdieron de vista a su "conejillo”; tan pronto como se puso en claro que Lennon se proponía volver a la política, Mark fue citado por el representante de la YMCA –y residente de la CIA- en el archipiélago. El delegado de Langley se esforzó durante varias horas seguidas por meter en la cabeza de Chapman, hombre de pocas luces, el plan de la operación. En cuanto el “paciente” asimiló la tarea, con todos los pormenores, el residente le mandó entregar la ficha y el arma, permanecer en silencio durante un par de meses, luego solicitar, “como persona particular”, al departamento de policía de Honolulu el permiso para la adquisición de un revolver.

…El 27 de octubre de 1980, Mark David Chapman –según sus documentos, sanitario de un hospital militar, sin antecedentes penales, no registrado en el FBI- compró un revolver de los que se emplean en el ejército, de calibre 38, por 169 dólares. Telefoneó, marcando un número especial, a la YMCA e informó: “Estoy listo para ocuparme en serio de nuestro asunto”. A primeros de noviembre partió para Atlanta a fin de recibir las instrucciones complementarias. Le inculcaron que debía borrar las huellas, y por esto dijo a su mujer que se proponía visitar al padre, pero en realidad se hospedó en casa de su antigua amante y trató de comunicarse lo menos posible con la gente. A mediados de noviembre regresó secretamente a Honolulú y recibió de sus jefes dos mil dólares, "para los gastos en Nueva york”. Al mismo tiempo le dieron una sesión de “psicoterapia” más. “No olvides –instruyeron- que en la primera entrevista debes apretar el botón verde, trata de ser amable y de no inspirar sospecha. Luego aprieta el amarillo, prepárate para atacar. Cuando hayas apretado el rojo, ¡dispara!

El 5 de diciembre, Chapman volvió a los Estados Unidos. El día siguiente, que era sábado, cuando atardecía ya, el taxista neoyorquino Mark Snyder dejó subir a su coche a un simpático muchacho de unos veinticinco años, que rogó llevarlo a Greenwich Village (ahí se encontraba una residencia colectiva de la YMCA). El pasajero, muy parlador, se presentó como operador de sonido de John Lennon. “Ahora grabamos con John un nuevo disco –contó el muchacho-. Será por cierto un superhit, ya verás. El operador ficticio comunicó también otra noticia extraordinaria: se esperaba que llegaría de día en día a Nueva York a Paul McCartney. “Los chicos han acabado por hacer las paces –chachareó-. Ahora se proponen hacer un álbum en conjunto…” El taxista Snyder, acostumbrado a los viajeros locuaces no reparó mucho en éste último.

El domingo, el morador incógnito abandonó la residencia colectiva de la Asociación; los sucesos iban madurando y la CIA trató de evitar que el nombre del asesino estuviera ligado de uno u otro modo a una organización tan prestigiosa. Mark se trasladó a un hotel suburbano de Sheraton Center y empezó a seguir la pista de su víctima. Muchos le vieron junto al Dakota, lujoso edificio de muchos pisos sito en la esquina de la calle 72 y la avenida Central Park West, donde habitaban los Lennon. Vio al cazador también Carlo Miller, la disc-jokey de una estación de radio local, residente cerca de allí. Se fijó en él porque parecía tener más años que los admiradores comunes, que pasaron todos los días frente al Dakota esperando encontrar a una u otra estrella (los moradores de es edificio eran artistas). Chapman anunciaba, con una tenacidad envidiable, que adoraba el talento de John Lennon y había llegado desde lejos para contemplar a su ídolo. Sobre esta base trabó conocimiento con Paul Goresh, fotógrafo aficionado de North Arlington, estado de New Jersey.

“Estoy aguardándole aquí desde hace tres días –informó Mark a su nuevo amigo-. Quiero obtener un autógrafo”. El “admirador” tenía entre sus manos, para despistar, el álbum Double Fantasy, que acababa de ser puesto en venta. Al fin y al cabo, a las cinco de la tarde, John y Yoko salieron desde debajo del arco y se dirigieron hacia un coche espléndido que les esperaba. Chapman dio dos pasos y tendió tímidamente el disco (Atención: ¡botón verde!) El mismo músico lo tomó y garrapateó en la cubierta: “John Lennon. 1980”; mientras tanto, Goresh los fotografió sin que se dieran cuenta de ello. Los muchachos pasearon dos horas más, charlando, junto al Dakota. Cuando Goresh decidió por fin regresar al hotel donde se hospedaba, pensando que podría obtener un autógrafo al día siguiente, Chapman prorrumpió tétricamente: “Quién sabe si volverás a ver algún día al Señor Lennon”. Paul no reparó en estas palabras…


En: La CIA contra la juventud. S. Diomkin. Editorial Progreso Moscú. pp. 108-149.

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