jueves, 31 de mayo de 2012

Paul en México

Sí, yo estuve ahí: en el mítico Estadio Azteca. Y pisé el mismo pasto que Pelé, Maradona y, ahora, Paul. Poco importó que alcanzara a ver bien o mal. El chiste era estar ahí. Tardé más de la cuenta en llegar. El tráfico estaba imposible por la ruta habitual ya que era martes, así que tuve que improvisar. A un par de kilómetros de mi destino una imprevista lluvia presagiaba lo peor. Apenas encontramos acomodo dentro del estacionamiento atestado seguramente en un lugar otrora prohibido. Corrí inútilmente para llegar a tiempo sabiendo que llegaba ya muy tarde. La persona encargada de revisar los boletos tardó una eternidad como si su labor fuera más difícil que traducir un jeroglífico. Recorrí el pasillo de acceso mientras escuchaba con frustración la música y el ambiente en el recinto. Sin embargo, el concierto no había empezado. Eran las 9:24. Todavía pasaron unos quince minutos más y de repente el estruendo de la música y los gritos inundaron el lugar. Estaría de más ennumerar todas y cada una de las canciones que se ejecutaron aquel día. Si se busca con cuidado seguramente encontrarán el setlist en cualquier otro lugar. Yo me quedo con unos cuantos momentos del concierto: cuando Paul y su banda tocaron Mrs. Vandebilt acompañados por un coro de más de 80 mil personas, las luces y los fuegos artificiales de Live And Let Die, en donde todo el Estadio se cimbró hasta sus cimientos, el emotivo momento de la interpretación de Hey Jude y el segundo regreso de Paul para interpretar Golden Slumbers/Carry That Weight/The End, extraordinario colofón para una velada inolvidable. Y no, la lluvia no hizo mella en al ánimo de la gente ni apagó el ánimo de nadie. Ni el desvelo opacó el recuerdo de los buenos momentos apenas experimentados. Y sí, hubo risas y llanto, pero también goce y nostalgia. Mientras algunos peleaban perdiéndose una buena parte del concierto yo recordaba. Recordaba que quizá esta sea la primera y última vez que vea a Paul. Que si no lo ví en las tres ocasiones anteriores fue porque la suerte y la mala fortuna jugaron siempre en mi contra y que esta vez, cuando se repetía esta misma inercia, por fin lo conseguí. Recordé que Paul ya es un honorable caballero de setenta años y que yo, a mis casi 40 ya no sé si tendré el ánimo o el interés de vivir una odisea como esta de nuevo. Aún así debo confesar que lloré, si lloré. Lloré de alegría y de tristeza al mismo tiempo. Lloré porque supe que una etapa de mi vida había terminado y que una parte de mi juventud, quizá su último vestigio, había muerto para siempre. Que ya nunca podría otra vez sentir esa sensación que ví ese día grabada en tantos y tantos rostros juveniles llenos de esperanza e ilusión. Y que nada otra vez sería igual para mí desde aquel momento. Gracias Paul, por todos estos años. Gracias por el concierto y por tu ánimo intacto a pesar de tu edad. Gracias por revivir la Beatlemanía por unos días aquí en México (Paul dixit). Yo me quedo con una frase de Ian Anderson líder de Jetrho Tull que para mí fue evidente aquél día: Too old to Rock 'n' Roll, too young to die.

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